viernes, 17 de febrero de 2012

(....)En aquella cueva vivía un sátiro, un ser mitad hombre y mitad macho cabrío, llamado Marsias. Era una criatura de los bosques que protegía a los pastores y a sus rebaños y en los cálidos mediodías estivales se sentaba junto al riachuelo para tocar la flauta, un sencillo instrumento de caña. La melodía que surgía era sublime, más suave y profunda que el canto del ruiseñor. Un canto que sabía a sombra y a musgo, sonidos que recordaban el borbollar de los manantiales de montaña, una armonía que se confundía con el susurro del viento entre las hojas de los álamos. A tal punto se había enamorado de su música que consideraba que nadie podía igualarle, ni siquiera Apolo, que para los griegos es el dios de la música. Apolo le oyó y se le apareció de improviso, una tarde de finales de primavera, resplandeciente como la luz del sol.
—¿Me has desafiado? —preguntó airado.
El sátiro no se echó atrás.
—No era ésta mi intención, pero estoy orgulloso de mi música y no temo medirme con nadie. Ni siquiera contigo, ¡oh Esplendente!
—Desafiar a un dios no es algo que pueda hacerse sin correr un gran riesgo, porque si tú vencieras tu gloria se volvería desmesurada. La pena, en caso de derrota, debería ser proporcional.
—¿Y cuál sería? —preguntó el sátiro.
—Serías desollado vivo. Y sería yo personalmente quien lo hiciera.
Y tras decir esto, mostró un puñal afiladísimo hecho de un metal maravilloso, deslumbrante.
—Disculpa, ¡oh Esplendente! —dijo entonces el sátiro—. ¿Cómo puedo estar seguro de la imparcialidad del juicio? Tú no arriesgas nada. Yo arriesgo la vida y un final atroz.
—Quienes se encargarán de juzgar serán las nueve musas, las divinidades supremas de la armonía, de la música, de la danza, de la poesía, de todas las manifestaciones más altas de los hombres y de los dioses: las únicas que pueden unir el mundo de los mortales con el de los inmortales. Son un número impar, de modo que el fallo no podrá ser empate.
Marsias estaba tan fascinado por la idea de competir con un dios que no pensó en nada más y aceptó los términos del desafío. O quizás el dios, celoso de su arte, le hizo perder el seso.
La competición tuvo lugar al día siguiente al caer la tarde, en la cima del monte Argeo, blanca aún de nieve.
El primero en tocar fue Marsias. Acercó los labios a su flauta de caña y tocó la más dulce e intensa de las melodías. El gorjeo de los pájaros se detuvo, hasta el viento amainó y una profunda calma se adueñó de los bosques y los prados. Las criaturas del bosque escuchaban embelesadas el canto del sátiro, la música encantadora que interpretaba todas sus voces, todos los sonidos y susurros de la selva, el sonido argentino de las cascadas y el goteo de las cuevas, los trinos de las alondras y el lamento del búho, la sinfonía de la lluvia de abril sobre hojas y ramas. El eco hacía reverberar aquel sonido, lo remodulaba y multiplicaba en las terrazas y en las barrancas de la gran montaña solitaria, y la madre Tierra vibraba con él hasta las más recónditas profundidades.
La flauta de Marsias emitió un último sonoro agudo que se atenuó en una nota más honda y oscura, luego, en un trémolo que se fue apagando en un atónito silencio.
A continuación llegó el turno de Apolo. Su imagen apenas si podía distinguirse en medio del llameante fulgor del aura que lo envolvía, pero de repente apareció la cítara en su mano, los dedos se posaron sobre las cuerdas, arrancó el sonido.
Marsias conocía el sonido de la cítara y sabía que con su flauta era capaz de obtener más colorido y de más tonos, más punteados y más profundidad, pero el instrumento del dios reunía todo ello y mucho más en una sola cuerda. Oyó desprenderse de sus dedos el fragor del mar o el estruendo de los truenos con una potencia que hizo temblar el Argeo hasta su base, hizo alzarse del ramaje de los árboles bandadas de pájaros en un denso batir de alas. Y enseguida, al apagarse aquel retumbo, vibró otra cuerda y luego otra y otra más y sus vibraciones se mezclaron y se acumularon en un impulso anhelante, se unieron en un coro de admirable nitidez, de majestuosa potencia. Los sones se sucedían y se fusionaban a una velocidad cada vez más apremiante, con salpicaduras iridiscentes de plata percutida, con oscuros ecos de cuernos, con luminosos arranques de agudos que se amplificaban en solemnes vastedades sonoras.
El propio Marsias se quedó hechizado, sus ojos se llenaron de lágrimas, su mirada, de encantada maravilla. Y ésta fue su perdición. Nada, de su música, se había traslucido en la mirada impasible del dios, todo en cambio afluía de los ojos oscuros del sátiro. Las musas no dudaron en dar la victoria a Apolo. Todas, excepto una, la bella Tersícore, señora de la danza. Conmovida por la suerte de la criatura de los bosques, no se sumó al voto de sus compañeras desafiando la ira del dios de luz. Pero no por ello su gesto evitó el castigo cruel de quien se había atrevido a un desafío sacrílego.
Dos genios alados aparecieron de pronto junto al dios y apresaron a Marsias atándolo a la rama de un gran árbol, luego le inmovilizaron los pies para que no huyese. Él imploró piedad en vano. El dios lo desolló vivo y aullante, con sereno desapego; le arrancó la piel humana y bestial de los miembros y lo dejó desfigurado y sangrante a las fieras del bosque.
No se sabe cómo su piel acabó colgada, seca, en la cueva que había sobre las fuentes del arroyuelo que toma su nombre, o quizás aquélla era más bien una falsa reliquia hábilmente creada mediante la piel de un hombre y la piel de un macho cabrío. Pero en cualquier caso, la historia es terrible, desgarradora, y no tiene más que un significado posible: los dioses son celosos de su perfección, de su belleza y de su infinito poder. La sola idea de que cualquier otro ser pueda simplemente acercarse a ellos les ensombrece y les empuja a espantosas venganzas para que las distancias sigan siendo, en todo y para siempre, insuperables. Pero si las cosas pudiesen ser realmente así, querría decir que nos temerían, porque la chispa de la inteligencia nacida de nuestra materia efímera y perecedera los asusta, los induce a pensar que un día, quizá muy lejano, podremos ser como ellos.(...)